Cuestión de sueños
Soñé conmigo mismo toda mi vida, hasta que me enamoré de ella y dejé de soñar. Inconsolable, Sofía se pregunta qué se hizo del hombre de sus sueños.
Rosa Elvira Peláez (2002).
Algo de literatura, noticias, impresiones, sustos, asombros, risas y desamparos. Locuras, en fin. Rincón para compartir estas cosas.
Soñé conmigo mismo toda mi vida, hasta que me enamoré de ella y dejé de soñar. Inconsolable, Sofía se pregunta qué se hizo del hombre de sus sueños.
Rosa Elvira Peláez (2002).
Supo que había llovido al revés cuando en Marte y le preguntaron si él era el rey de la lluvia. Con un gesto de desdén, cortó cualquier inicio de idolatría. “No” fue la única palabra que le escucharon.
Hacía mucho que no llovía en Marte. Tanto tiempo había pasado sin que cayera una gota, que los marcianos habían perdido la nostalgia por la lluvia. Pero Eme no pudo, o no quiso, responderles; sólo recordaba que desde hacía mucho estaba lloviendo en su ciudad. Tampoco pudo recordar cómo se llamaba la ciudad a la que se debía sin saber de exactitudes. Sólo tenía una vaga idea de que estaba cerca del mar y sentía que nunca sería excesivo el esfuerzo por volver.
Ellos pensaban que Eme les ocultaba la verdad; lo acosaron a preguntas, lo sometieron a múltiples estudios. Tenían que mantenerlo despierto para que les dijera todo lo que sabía. Pero a Eme no le importaban los vericuetos de la vigilia, y callaba: su memoria jugaba al clandestinaje. Tampoco se esforzó por recordar, en definitiva, no le interesaban los marcianos, ni la ignota misión que le habían asignado. Si estaba en esa situación era por cumplir una misión, no había alternativas. ¿O podría haber? Eme sólo quería trascender su infinito de robot perfecto hasta el más completo engaño.
Era demasiado fuerte su nostalgia de los sueños posibles, y como nunca quiso admitir nada ni explicar nada, el Jefe de los Investigadores dictaminó que era un excéntrico. Hay que dejarlo en manos del tiempo, dijo el Jefe, y desaparecieron todos los equipos. No más preguntas. Sólo la lluvia marcaba la diferencia con el silencio. Por primera vez en mucho tiempo, Eme estaba solo. Sintió los párpados pesados. Cerró los ojos, feliz por abandonarse al cansancio, por dejarse tentar por la nada, quizá el mejor destino para su nostalgia. Paladeó que flotaba, y dejó de llover. Eme lo presintió antes de que retumbaran los histéricos gritos marcianos.
En algún momento, despertó en su cama. Era la misma cama de siempre, ajena a intrigas, dudas y deseos; y miró afuera. A través del ventanal, más allá de las tormentas de arena sin rumbo, se veía el hermoso planeta azul con su pequeña luna. Eme sintió fortalecida su nostalgia y se prometió que intentaría volver a su sueño con lluvia: sólo tendría que evitar que lloviera al revés. Ignoraba si había sido un fallo o un engranaje de la misión. Prefirió soñar que podría ser la alternativa. Quién sabe si lo aguardara el éxito, el abrazo de una mujer de verdad, allá, lejos, cerca del mar. Una mujer en brazos de un hombre real, a la luz de la luna.
Rosa Elvira Peláez
2005, febrero.
No sé la alquimia que usa el otoño
para alterar los recuerdos.
Quisiera que los desprendiera.
Que cayeran, como hojas,
del tronco obstinado de mi memoria.
Pero los recuerdos sólo se alteran por el otoño,
Nunca dicen adiós.
Rosa Elvira Peláz, 2002.
Tantas veces lo pensamos, que ya nos parecía imposible de creer: tras veinticinco años de ausencia absoluta, papá regresó a casa para Navidad. Como si el tiempo no hubiera transcurrido, nos miraba cariñosamente y todos lo abrazamos. Mamá, tartamudeando, recordó que estaba en el sótano el gran regalo que le habíamos ido preparando durante su ausencia y papá, conmovido, bajó a buscarlo.
Estaba más gordo, fue el único comentario de mamá cuando en la cena de año nuevo nos sentamos a la mesa, con tristeza. Había llegado el momento de comernos a Febo, nuestro amoroso cocodrilo. Tantas veces lo pensamos, que ya nos parecía imposible. Pero sabíamos que era el único modo de borrar las huellas, y lo hicimos.
Rosa Elvira Peláez, 2004.
—¿No piensas salir de vacaciones?
—Ay, si pudiera...
—¿Por qué no te vas?
—Porque no existo.
—Qué bromista estás hoy.
—Más bromista eres tú al preguntarme.
—Pero, vamos, ¿no te apetecen unas vacaciones?
—Tal vez... ¿Serías capaz de dejar de imaginarme?
Rosa Elvira Peláez, 2004.
Hola a los bloggeros que husmeen por aquí.
Les aviso que estoy haciendo los cambios para la edición primavera austral (vivo en Buenos Aires) de mi sitio WEMILERE DE LAS LETRAS:
http://usuarios.lycos.es/wemilere/
El sitio cumplió cinco años, contra viento y marea se mantiene. En Wemilere (significa fiesta en la lengua yorubá, etnia africana), muestro parte de mis textos y tengo secciones para los interesados en ensayos sobre narrativa breve iberoamericana y noticias culturales.
También hay varios textos de famosos como Poe, Salinger, Rulfo. Con esos grandes siempre aprendemos. Y en el Patio de mi Casa hay cuentos y poemas de muchos autores iberoamericanos; han sido gentiles y se han animado a pasar a mi patio para compartir lo que escriben; vamos, que en Wemilere hay de todo un poco, como en botica.
Si alguno de los que lee esto anda en trasiegos literarios y quiere enseñarme lo que hace, con perspectiva de tener un espacio en Wemilere, pues yo, encantada de recepcionar el material.
Saludos, Rosa-E.
Un diario que abarca los 18 meses que precedieron a la muerte de Albert Einstein, en 1955, ofrecen un intimista retrato cotidiano. Sus páginas desmienten esa imagen que lo pintan como distraído y desprolijo, girando en su mundo propio. El diario lo llevó su compañera Johanna Fantova, ex curadora de mapas de la biblioteca Firestone de la Universidad de Princeton, 22 años más joven que él. Él, que murió en 1955, a los 76 años, le escribía poemas y cartas con bromas y besos, y Johanna (fallecida en 1981, a los 80) no dejaba de registrar lo que el genio decía y lo describe como muy interesado y hasta ocasionalmente entusiasta seguidor de la actualidad. El material está escrito a máquina y en alemán, y está disponible en la biblioteca Firestone. Lo hallaron entre los papeles de Johanna, estudiantes que buscaban información sobre los poemas que Einstein le había escrito. Según lo recogido por su compañera, Einstein se compara con un auto viejo que tiene cosas que funcionan mal por todos lados y se queja de su mala memoria y del constante desfile de visitantes, tantos, que a veces finge estar enfermo y en cama para no tener que posar para las fotografías. Fantova, cuyo nombre de soltera era Johanna Bobasch y había nacido en Checoslovaquia en 1901, conoció a Einstein en 1929 en Berlín, según el diario, cuando le dio la tarea de organizar su biblioteca personal. La relación entre ambos surgió a fines de los años 40, hasta su muerte. "A menos que un descubrimiento similar se realice en el futuro, este nuevo manuscrito de la biblioteca Firestone es el único diario que existe, guardado por alguien cercano a Einstein, al menos de la última etapa de su vida", destaca Alice Calaprice.
La ciencia no deja de asombrar al mundo. Bañarse en nubes puede ser un buen tratamiento para aligerar las tensiones al finalizar el día. Los estudios fueron tan halagüeños que la producción enseguida entregó al mercado el nuevo producto.Ya pueden adquirirse prácticas bolsas de diez nubes de alta capacidad expansiva por minuto. Las contraindicaciones indican que deben abstenerse las personas que no toleran las alturas (un baño de nubes puede ser mortal). En breve, podrán comprarse bolsas con nubes de colores y, para los más exigentes, se preparan ediciones especiales de nubes de tormenta (con un rayo de obsequio).
(c) Rosa Elvira Peláez, 2002.
Un reloj enamorado es capaz de darle cuerda al tiempo.
Cuando un reloj pierde tiempo, es que padece amnesia.
Acostarse sobre la hora a veces produce insomnio.
Cuando el tiempo pierde su reloj, ¿sabe quién es?
Dos relojes enamorados no tienen más tiempo que el que tienen.
(c) Rosa Elvira Peláez.
Es el dolor del alma cuando mira atrás, a lo que ya no llega, o mira delante sabiendo que no puede llegar. Significativa neuralgia, necesaria para consolidar la idea de que el portador está vivo. Nombre de una mujer sin contornos, de un tango, de un hombre que se cree anónimo y de un perro que siempre mira al mismo rincón. En plural, son las fronteras de quien cree haber estado y nunca ha ido; también, las campanas mudas en el interior de ciertas personas.
(c) Rosa Elvira Peláez, Buenos Aires, 2001.
Domitila es un peligro de prima. Le ha dado por esconderse cada noche debajo de mi cama. Cuando madre me da su beso de despedida, ella aparece. Yo cierro los ojos hasta ver sólo una luz blanca, pero me llama. No muevo ni un dedo, ella araña el parquet con sus uñas y hace que mi corazón se acelere. Me llama y es imposible quitármela de la cabeza, entonces yo grito. Madre viene, mira debajo de la cama y me dice que no vea tanto la tele. Le suplico que deje la luz encendida, pero no. Cierra la puerta y Domitila susurra en una lengua que no entiendo. A veces la oigo llorar. No tengo otra solución que rendirme. Se arrastra hasta sacar su cabeza. Sonríe y tengo que estirar de ella para ayudarle a salir. Su cuerpo se encalla con facilidad. "Son las hamburguesas", dice.
Es mayor que yo. Tendrá ya diecisiete años, dos perros y un loro de colores. Cada noche Domitila se desnuda. Yo me tumbo boca arriba, cierro los ojos y junto las piernas. Ella se divierte encima de mí, hace que lleve la mano a un lugar prohibido y se ríe desde el más allá al verme en acción. Mi prima tuvo hace dos años un accidente, murió. Fue en su casa, en el baño, le dio un ataque al corazón al abrocharse los zapatos. Ella no le da importancia.
"Son las hamburguesas", se justifica cada noche. Odio a Domitila, hace que mi abuela sospeche por las mañanas al ver mi pijama manchado. "Se hace hombre y tiene que conocerse", le dice madre. Y yo a mi madre la quiero mucho, a veces más que a mi prima muerta.
(c) Iván Humanes Bespín.
Ver más microficciones de este inquieto autor en
http:\\ivanhumanes.blogspot.com
Si es aficionado al e-mail, no se inquiete, hasta después de muerto podrá seguir enviando algunos. Probablemente no todos los que quisiera (usted está en el más allá, no lo olvide), pero piense que algo es algo. Internet no para de sorprendernos, de todo como en botica, y ahora con un servicio para el e-mail post morten. Una competencia para la bola de cristal y la cadena de manos convocando a los espíritus a que digan lo que no dijeron al abandonar el cuerpo.
Según leí, uno paga y escribe los mensajes, y cuando llega el momento de estirar la pata, el sitio despacha los mensajes.
A saber qué cara ponen los vivos al leer lo que el muerto les cuenta. Y a saber qué cosas contará el ido, ya con la muerte como escudo para decir lo que le venga en ganas. Se admiten archivos adjuntos de imágenes, sonido... Hmmm... Más vale que los deudos sean advertidos por quien contrate el servicio, no sea cosa que detrás de un entierro, venga otro, y otro. Todos sabemos que hay fotos y "fotos".
Los interesados pueden asomarse a ElUltimoEmail.com , tengan en cuenta que pueden hacer modificaciones en los mensajes que va dejando en esa carpeta de salida que sólo se ejecutará cuando llegue la hora final.
Sólo se muere una vez, subraya el sitio, creado "para ayudar a las personas a tratar la muerte de una manera diferente, eliminando los tabúes que la rodean. Usando nuestro servicio online resultará más fácil para usted planearse y anotar todo lo que desea decir a las personas que ama".
Valga la inocencia... Hay muchos que aman, cierto; también muchos odian y guardan trapitos sucios. Y muchos son bromistas, ya sabemos.